¿Puede cambiar la educación con una Reforma Educativa?

Creemos que el Estado tiene la obligación de proporcionar educación a sus ciudadanos pero, ¿de verdad es ese su papel?

Mucho se habla sobre la necesidad de modernizar la educación, de cambiar el sistema educativo y transformarlo. Todos nos damos cuenta ya de que las viejas formas de la escuela como las entendíamos, y de la educación masiva, comienzan a ser caducas pero, ¿es sólo un problema de forma o es el fondo el que necesitamos revisar?

En México, actualmente se discute la necesidad de una transformación del sistema educativo. Desde el sexenio pasado se habla de una Reforma a la Educación como parte de un proyecto integral de gobierno. Durante este sexenio, dicho proyecto se retomó con transformaciones que van más dirigidas a lo político que a lo social.

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La Reforma Educativa que se discute actualmente en México contempla cambios al sistema. Dichos cambios van más dirigidos a la normatividad del aparato burocrático  que a la educación en sí misma, a su fondo. Si bien dicha reforma habla de las materias, materiales, programas de estudio y “sentido de la educación”, la transformación propuesta busca de forma general normar el aparato docente y laboral de la educación y es ese, en esencia, el factor que propició desde el sexenio pasado, la necesidad de transformarla.

El papel social en esto también es importante. ¿Qué estamos haciendo los padres ante el ir y venir de la discusión educativa? En realidad nada, quizá quejarnos y preocuparnos por cosas como si nuestros hijos van a aprender inglés o si el civismo y valores van a ser parte de nuevo de las materias y currículos. Pero, ¿de verdad esto va a transformar la educación?

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¿Cómo llegamos a este modelo educativo?

La educación no siempre ha estado en manos del gobierno y claramente no se ha entendido como una garantía y un derecho desde el inicio de la civilización. La educación formal es parte de la modernidad.

El fenómeno de la educación en manos del Estado surgió a partir de los cambios que trajo consigo la Revolución Industrial: el trabajo de ambos cónyuges y las terribles condiciones de explotación infantil en las industrias crearon la necesidad de que un tercero se ocupara de la crianza y cuidado de los hijos. Así pues, la educación se diseñó de manera estandarizada, sistemática. Entendida como una institución, es algo que evolucionó desde los talleres de artesanos y oficios desde la Edad Media, hasta su transformación integral durante la Revolución Industrial y desde entonces creó un modelo tan poderoso que hoy en día sigue normando a nivel global con pocos cambios.

La educación ha sido también una herramienta del Estado para promover políticas sociales y para inducir modelos de vida y desarrollo. Desde la Alemania Nazi o la URSS, la educación ha sido desde estática y tremendamente normativa, hasta sutilmente ideológica o un tanto más pragmática, según se requiera el modelo.

El poder de la educación para transformar a la sociedad y propiciar la movilidad social es innegable e incuestionable. De tal forma que hoy en día se reconoce como un derecho. Y como tal, es una obligación para los padres y para el entorno proporcionar a los niños la educación necesaria “para salir adelante”. Y es en esa frase entrecomillada donde está la clave para entender el pensamiento que rige a la educación hoy en día: el progreso.

Pero, ¿dónde quedan los padres en todo esto? Si ponemos atención, dado que la educación fue vista como una forma alternativa de criar a los hijos sin el cuidado de los padres, en el modelo que nos rige, los padres somos vistos como entes secundarios y hasta ausentes.

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¿Los padres estamos preparados para educar a nuestros hijos?

En esencia, si se entiende a la educación como transmisión de conocimientos, la respuesta es sí. Los padres de cualquier ser vivo están capacitados para educarlo, procurarlo y cuidarlo. Y se entiende que es un derecho hacerlo. Pero si hablamos de seres sociales tan complejos como los humanos, la cosa se complica, porque tener hijos no necesariamente quiere decir que el padre quiera y pueda hacerse cargo de su educación.

Los padres podemos transmitir conocimiento, de manera intencional o no, porque el simple hecho de criar y convivir con un niño ya es un factor suficiente para educarlo. Los niños humanos crecen aprendiendo, es algo inherente a su naturaleza, todo aquello que reciben de su entorno es parte fundamental de su educación, aunque tendamos a creer que educación es un currículo, un programa, materias y una academia, la realidad es que el conocimiento tiene formas increíblemente diversas que no sólo abarcan lo que se enseña en un aula formalmente diseñada para ello. Los niños, lo deseemos o no, lo controlemos o no, van a aprender.

Hasta aquí todo está muy claro: los padres pueden, deben y son la fuente principal de la educación de los niños; pero comienza a complicarse cuando hablamos de “educación formal” o “académica”.

¿Qué caracteriza a la educación formal de nuestros días?

La escuela como movimiento social surgió como un ideal del Enciclopedismo por brindar conocimiento y garantizar libertad e igualdad para poder desarrollarse a todos los miembros de la sociedad. Ese ideal es el que sigue alimentando los programas sociales en el mundo. La escuela es la llave para el desarrollo y debe garantizarse su libre y gratuito acceso.

Por otro lado, la escuela es también un formador de conciencias, un transmisor de valores y modelos de vida. Así pues, se trata una fábrica de ciudadanos modelo, acordes a las necesidades del país. Y no sólo a nivel ideológico, sino también económico. En la escuela se puede formar a los profesionistas que se requieren para impulsar distintos terrenos de la economía de acuerdo al plan de desarrollo de cada gobierno.

La escuela es un gran lugar para poner a los niños. En una sociedad que entiende al adulto como el ser humano formado y cabal y que ve a los niños como adultos en potencia, es normal que no se sepa muy bien qué hacer con los niños. Mientras los padres trabajan y mucho más cuando son ambos quienes lo hacen, los niños necesitan un lugar donde se les proporcione atención y cuidado y ese lugar es la escuela. Por eso no es raro entender por qué los adultos le preguntamos a los niños a qué escuela van o en qué grado están como cuando preguntamos a nuestros congéneres adultos a qué se dedican.

Hacia dónde va la educación en México

Hoy en día, la escuela cumple funciones fundamentales que poco o casi nada toman en cuenta las verdaderas necesidades de los niños, sino más bien las necesidades sociales y del gobierno: formar, preparar y cuidar. Por eso, no es difícil comprender que la Reforma Educativa en México toma mucho más en cuenta el sistema educativo que a la educación en sí misma.

Todos lo sabemos, los niños, como todas las personas, son diferentes entre sí y tienen diferentes capacidades. Sin embargo, esto poco o nada importa a la hora de mandarlos a las instituciones educativas y es lógico: para poder llevar educación de manera masiva, el Estado tiene que estandarizar la educación y es por ello que el magisterio es la clave para lograr sus objetivos, no los niños.

Pero la estandarización, más que una ventaja, entraña una pérdida social que se ve reflejada en muchos de los problemas sociales que actualmente enfrentamos. Niños que no encajan y se convierten en adultos frustrados o que abandonan la escuela y en casos muy extremos acaban por dedicarse al crimen, profesionistas que estudian lo que se necesita o lo que deja más dinero y que no encuentran trabajo o nunca están satisfechos con su trabajo y, en general, personas que reproducen los mismos modelos de vida y que dejan de cuestionarse el valor de su persona en la sociedad.

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La clave para la educación no estandarizada: los padres

Si cada niño es diferente y cada uno merece la oportunidad de explotar sus propias características, ¿quién entonces debería ser el encargado de cuidarlo? Sus padres, quienes lo trajeron al mundo, por su puesto. Lo cierto es que la educación actual está cada vez menos en las manos de los padres. Ya sea porque “no tienen tiempo” o porque se ha engrandecido tanto la idea de las instituciones académicas como fuentes inobjetables de conocimiento, que los padres han quedado relegados o se les ha hecho creer que están incapacitados para lograrlo.

Los modelos de producción y consumo que rigen a nuestra sociedad, nos llevan a todos a buscar la productividad como una máxima. Se necesita más y más trabajo para producir más, para ganar más. Por lo tanto, encargarse de algo tan improductivo como criar a los hijos es visto como una pérdida de tiempo, un sacrificio o un lujo.

Un niño requiere mucho más que conocimiento para poder progresar, para criarse. Los niños necesitan atención personalizada, cobijo emocional y la sensación de vínculo y comunidad. El vínculo familiar, la convivencia diaria son insustituibles pero desgraciadamente, la familia ocupa un lugar cada vez más secundario en la crianza de los niños.

Desde muy temprana edad -a veces menos de dos meses de vida-, los niños son puestos en guarderías para que alguien que no es su madre se encargue de cuidarlos. Si bien le va a la madre, dejará a su pequeño solo unas horas, pero en algunos casos lo hará durante una jornada completa de trabajo, por lo que el niño tendrá muy poco tiempo para criarse a su lado justo en el momento en que el vínculo debe ser mucho más cercano. Y ni hablar de los padres, quienes por derecho, en nuestro país, sólo tienen 5 días de permiso parental cuando acaba de nacer un bebé.

En México, en lugar de pensar en darle a los padres más tiempo para la crianza de sus hijos, vemos como un logro mayor la creación de estancias infantiles, la extensión de los horarios de escuela o las instituciones que permiten trabajar más mientras los niños se crían por otra persona. Así, el vínculo familiar comienza a diluirse más y más de manera irremediable y aquellas personas que esencialmente son las más capacitadas para dar educación personalizada y cuidado emocional primario, son relegadas de manera sistemática para ocuparse de tareas “más productivas”.

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¿Qué se necesita entonces para transformar la educación?

En primer lugar, que los padres participen: desarrollar, inventar un nuevo sistema para devolverle a los padres la posibilidad de criar y educar a sus hijos. Esto va desde actividades dirigidas para hacerlos partícipes -y no, no se trata de darles más tareas para hacer en casa-, hasta un cambio social laboral que les permita estar con sus hijos.

Trabajar desde casa, crear espacios comunitarios en las escuelas, generar espacios de cuidado y atención de los niños en el lugar de trabajo de los padres, involucrarlos en el plan de trabajo de la escuela, hacerlos partícipes del plan de estudios y de la manera en que se desarrollan y diseñan las actividades académicas son alternativas. Pero lo más importante es reducir los horarios laborales, mirar el cambio educativo de manera integral con un cambio social, no como un cambio del paradigma escolar, sino como una transformación que le permita a los padres acercarse de nuevo a sus hijos y protagonizar su educación, dándoles el tiempo que requieren para hacerlo.

Es urgente que los niños estén seguros y puedan jugar. Si los niños tuvieran la oportunidad de jugar libremente de nuevo -que además es la forma más importante de promover su desarrollo-, no sería necesario que pasaran tanto tiempo encerrados y vigilados y por lo tanto, no sería necesario invertir tanto tiempo en cuidarlos.

Es necesario generar esos espacios: parques, escuelas, bibliotecas y comunidades donde puedan andar libremente, donde convivan con su familia y tengan la posibilidad de hacer amigos de todas las edades. Sí, es importante revisar el paradigma escolar, transformar el magisterio, darle a los maestros seguridad laboral, incentivar la atención de cada forma de inteligencia para que todos los niños encuentren estímulos que les ayuden a desarrollar sus talentos pero, lo más importante: necesitamos devolverle a los padres el protagonismo en la educación de sus hijos.

El papel del Estado mucho más que el de educar a la sociedad, a los niños, es el de garantizar que la educación sea una posibilidad de cada familia, de cada padre. El Estado debe garantizar que cualquier padre pueda educar a su hijo como mejor decida al regular socialmente lo que sea necesario para permitírselos.

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