Para Lorenza, otro Día de Muertos

A veces pienso que es mentira, que no sucedió. A veces le doy al tiempo la oportunidad de retractarse, porque es indudable que algo así no puede ser posible, y definitivamente no debió pasarnos a nosotros ¿O sí? Otras veces me sorprendo a mí misma haciendo de cuenta que no es verdad, que no sucedió porque de todos modos no la vi crecer, fue un proyecto -el más maravilloso-, pero luego recuerdo haber sostenido su cuerpo pequeño entre mis brazos y entiendo que fue verdad -una tremenda- y que la vida nos traicionó a todos nosotros después de todo. Porque es difícil aceptar que la vida también puede hacer esas cosas, jugarle a uno esas pasadas tan macabras. Y es que antes de Lorenza, ahora lo sé, para nosotros todo había sido dulzura. No estábamos acostumbrados a un dolor así. Ni siquiera en esos momentos de duelos poderosos: los de los progenitores. Ninguna otra muerte o pérdida nos había preparado para esto. Hasta ahora lo nuestro habían sido incomodidades, mortificaciones exacerbadas en berrinche, dolores que habían encontrado el cauce de la vida ¡Pero esto!! Esto es inaudito. ¿Qué se hace con un dolor así?

No eres mi hija pero te quiero como si lo fueras. Y porque sé lo que es tener un hijo entre los brazos, no puedo soportar haber tenido que dejarte ir a ti. No me pertenecías a mí porque tu carne estaba enlazada con las suyas. De todos modos, eres mía, Lorenza, eres de todos. Pedacito de sol que perdí, que perdimos todos y que todavía impide que el sol brille con toda su intensidad. O tal vez hace que brille tanto que resulta insoportable, abrasador. El sol.

¿Qué es perder a una bebé? Pues, uno siente que el corazón se le empalaga para luego diluirse en el ácido espantoso del dolor más duradero, más profundo y más tierno. La vida nos dio una cucharada del veneno más sabroso: mielecita fresca, dulce, que al llenarnos por dentro acabó por carcomernos, por destruirnos las entrañas y convertirlas en un agua que desde entonces no hemos podido dejar de llorar. Al menos yo no. Y sí, también es verdad que sigue aquí, que nunca va a irse. Una presencia así de poderosa, así de definitiva no puede irse nunca. No necesitó crecer, hablar, mostrar quién era porque ya su solo ser nos había iluminado a todos. Un cuerpo celeste que pasa rápido, incendiándolo todo a su paso, convirtiéndolo en cenizas para poder de nuevo construir. Pero aquí nos sentimos a oscuras desde que se fue.

Hemos construido una mitología alrededor tuyo. Y te has convertido en heroína, en guardián, en sobrenaturaleza. Así, puedes adoptar las flores de la primavera para enmarcar tu carita soñadora de cuando estabas en los interiores de tu madre, o puedes coronarte de cempasúchil para venir a celebrar con todos la que es ahora la celebración familiar más esperada. Lori, Lorenza, eterna, inmortal e incorruptible. ¿Cómo hacemos para consolar a tu madre, a tu padre? ¿Cómo hacer para sostenerlos en tu ausencia? ¿Cómo sobrevivimos todos a la tragedia? Sí, es cierto, nos dejaste demasiado a todos. Pero uno es ambicioso, cariño, y hubiera dado lo que fuera por llenarte de besos, por embriagarse de la dulzura de tu olor de infante.

Vivir agradecido a pesar del dolor le permite a una experimentar la vida con más consuelo, de buenas, así sin más, sin discutirle, sin querer arrancarle un «sí» a fuerzas. Y este agradecimiento que yo siento es muy valioso, de los que más atesoro, porque es tremendamente difícil: me cuesta pronunciarlo, me cuesta decir que sí, que lo agradezco, porque no está la niña, porque me duele, porque les duele, porque el dolor que él siente me derrumba. Pero todavía puedo decir que sí, que está bien y que “gracias”. Porque la conocí, porque la tuve cerca, porque me estremece su ser, porque iluminó mi vida, porque compartimos una hechura celestial y es un honor. Decir un «gracias» así es llenarse tanto y tan profundo que, aunque el dolor sigue y quizá seguirá presente, uno alcanza también la inmortalidad y se une de nuevo a los que ya se fueron.

Naciste y te quedaste sólo un momentito para que él pudiera conocerte. Le diste el honor de sentir tu cuerpecito cálido. Peleaste y ganaste junto con tu hermosa madre. Aquí seguimos celebrando tu existencia. Otro día de muertos, bienvenida, Lorenza.

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