Un abrazo

Muchos indígenas de la Dominicana se anticipaban al destino impuesto por sus nuevos opresores blancos: mataban a sus hijos y se suicidaban en masa. El cronista oficial Fernández de Oviedo interpretaba así, a mediados del siglo XVI, el holocausto de los antillanos: «Muchos dellos, por su pasatiempo, se mataron con ponzoña por no trabajar, y otros se ahorcaron por sus manos propias»[1]

Andaré errante por los siglos de los siglos. Seré la que llora, seré la que busca a sus hijos en ayes de dolor y de llanto. Seré esa con uno y mil rostros, me contarán en una y otra lengua aunque a mí mi propia lengua ya hasta se me haya olvidado. Me convertiré en un símbolo de dolor, de llanto y de infamia. Por eso, aunque la lengua ya no la recuerde, sí la vida que un día me fue dada, sí la voz que te tiene que contar lo que vivimos.

Mi niña nació a las 8 lunas de nuestro casamiento, así que ya era grande cuando llegaron, pero no tanto como para no poder cargarla entre mis brazos. El niño no, él todavía mamaba de mi pecho ese día. Todos en mi pueblo vinieron para festejar, porque no éramos tantos como para no invitarlos a todos y además, cada quien traía algo siempre. A veces salían los hombres a explorar para traer otras cosas de otras gentes con las que compartíamos este pedazo de mundo que nos imaginábamos más chico. La isla y lo poco que sabíamos parecía demasiado grande como para pensar que todavía había más, pero había muchísimo más. Surcar las aguas grandes no sabía mi gente; pescábamos en la orilla de la playa. No hacía falta otra cosa, con bien poco éramos felices, estábamos completos porque no teníamos amenaza. Seguro, de haberla intuido, de haberla siquiera pensado, otra habría sido nuestra gente. Porque cuando uno quiere defenderse, entonces se vuelve violento, entonces hay que hacer de todo. Pero no hizo falta ser para la guerra, porque la tierra estaba llena de riqueza y lo que en ella florecía nos alcanzaba y sobraba para alimentarnos a todos. La yuca, el maíz, el coco, la piña, el tabaco, camotes, guanábanas, tantas y tantas cosas que probar, que cocinar. A veces también animales, a veces también los pájaros.

Ve a traerme un elote, que se me hace agua la boca de tanto que ha mamado el niño. Anda, chiquita, y dile a tu padre que ya casi está la comida, que venga, que coma aquí con nosotros. Más al rato alguien vendrá a ayudarle con lo que está haciendo ahora. Hoy quiero que esté aquí con nosotros, hoy los quiero a todos aquí, porque mi corazón me dice que estos días no han de durar. Sí, ya lo sé, ya lo sé, la niñez no dura. El destino nos acaba separando a todos, para que cada quien haga su casa.

Mi niña aprendió a caminar bien pronto, también a hablar. Todo lo hizo pronto, como si tuviera prisa. Yo pensaba que era porque tendría encargos importantes. Mi niña sembraba conmigo las papas y los camotes, cuidaba la tortilla en el comal mientras yo atendía a su hermano. Y no se quemaba. Andaba de un lado para el otro jugando y corriendo con los otros muchachos, pero siempre volvía a tiempo para encargarse de lo que le tocaba. Mi niña había conocido apenas 4 tiempos de cosecha cuando ellos llegaron.

Dicen que no son hombres, que son otra cosa, que son diferentes. Tanto que no hablan como nosotros, que no piensan como nosotros y que no miran como nosotros. Dicen también que están enfermos, que no hacen más que buscar y buscar las piedras amarillas, que relucen como el sol. Dicen que eso comen sus dioses, porque de eso están hechos y que matan con tal de encontrar esas piedras.

Empezaron a llegar gentes de otras islas y de otras tierras. Los que sí sabían cruzar las aguas o que habían bajado desde la montaña o caminado desde el otro lado de la isla venían con noticias de espanto. Los habían matado, a las mujeres les arrancaban los niños del pecho y los mataban frente a sus ojos para luego violarlas a todas y acabar también matándolas. Niñas o ancianas, daba igual porque parecían bestias, animales hambrientos y voraces que querían destruirlo todo. Tomarlo y poseerlo todo con un ansia que parecía un embrujo.

Tú vas a casarte como hice yo algún día. Tú también vas a tener tu casa y a tu niño mamándote del pecho y vas a saber de esta alegría de criarlos, de que no se le mueran a uno cuando todavía están pequeños. Vas a conocer esta sensación de traer el pecho lleno de pájaros que quieren escapar, cuando veas a tu niño caminar por primera vez y sepas que lo peor, que lo más difícil ya ha pasado.

Deben ser cuentos, debe ser la exageración de la gente, que siempre busca ser principal por las cosas que cuenta. ¿Por qué matar de ese modo? ¿Para qué hacer daño cuando ni siquiera hace falta? Que tomen lo que quieran que esta tierra da tanto y tanto que ni hace falta pelear. Así hemos vivido siempre, a cada quien le toca lo suyo y ya, no hace falta más. Nadie necesita tanto, ¿para qué? ¿Qué miedo les roerá el corazón como para tener que apoderarse de todo para sentirse seguros? Cada vez son más terribles las historias que cuentan. Dicen que grandes señoríos han caído ya, que los más fuertes no han podido darles batalla ni con todos sus guerreros y que sus armas son poderosas, que nadie se les puede oponer aunque ellos sean menos. Tienen monstruos que los convierten en gigantes y armas que son como víboras que lanzan como flechas de fuego, que son capaces de matar más rápido que cualquier otra arma. Pero lo peor no es que te maten, lo peor es que se apoderan hasta de la gente, que la convierten en cosa de ellos sobre la que mandan.

Uno sobrevive a fuerza de querer algo, de tener hambre, pero el hambre nos destruye, el hambre nos vuelve ciegos. Querer a alguien, querer que sobreviva y que nada le pase eso es más poderoso que cualquier hambre. Así los quiero yo a ti y al niño, y también a tu padre, pero sé que él se cuida. Así, sabiendo que yo soy su alimento, que de mí sale todo lo que los mantiene con vida, así me entrego. Porque tener hijos, ya lo verás, es como convertirse uno mismo en la comida de los hijos y dejarse ahí abandonado mientras los hijos comen, mientras los hijos sacian su hambre que es tan poderosa. Conforme crecen, los hijos comienzan a encontrar su alimento en otras cosas, pero de a poco, casi sin sentirlo, porque uno sigue estando ahí como un árbol, como un manantial al que se acercan para beber cada vez que lo necesitan.

¿Para dónde huir si la tierra está cercada y el mar es infinito y ha de tragarnos? ¿Dónde escondernos si han de llegar pronto? Cada vez son más y más las voces que nos dicen y nos llenan de pánico y yo no quiero escuchar el miedo, yo no quiero oír que no tendré ya dónde sembrar y dónde ver crecer a estos niños. Antier el niño cayó enfermo. Toda la noche y todo el día pegado a mi pecho porque no encuentra más consuelo que el calor y la leche que mama. Pero sé que va a sobrevivir porque su ansia de vida es más fuerte que la enfermedad que lo atormenta. Eso, saber enfrentar la enfermedad, sobreponerse a ella también es parte de crecer, también es una prueba más de cuánto necesita uno la vida. ¿Y si él se sobrepone a eso, quién tiene más derecho que él sobre su vida? Yo sólo fui la puerta para que ellos llegaran a este mundo.

La lluvia va a parar pronto y vas a poder salir a jugar de nuevo. Y recobrar tu libertad para encaramarte en un árbol o para correr, para explorar todo el día a tus anchas y aprender y llenarte de cosas que también son alimento, que también te hacen crecer. ¿Quién señala el camino que cada uno ha de recorrer? Vivimos juntos porque juntos sobrevivimos, porque nos necesitamos. Un árbol puede crecer, puede nutrirse y puede estar, y aún así necesita de la tierra, del sol y del agua. Nosotros nos necesitamos los unos a los otros porque juntos conformamos uno solo, porque tenemos repartidos entre todos las cosas que se necesitan para que todos podamos vivir. Yo misma no podría vivir sin ti, así de pequeña, ayudándome cuando necesito que vayas por algo, siendo tú para mí cuando lo necesito; porque criar a un niño le demanda a una todo, una entrega tan total que a veces hasta de la propia supervivencia se olvida una. Por eso a veces da por pensar que una es dueña de esa vida que sostiene, que tiene derecho sobre ella. ¿Quién elige su vida en realidad? ¿Quién decide qué ser realmente? Vivir como esclavos nunca, vivir sin libertad, vivir sin poder decidir a donde ir jamás. Eso no es vivir, eso es padecer la muerte para siempre.

Están cada vez más cerca y ya no hay remedio. Vienen y lo que nos han cuentan no nos da esperanza. Aquí acogimos a los hombres que llegaron ya sin hijos. A mujeres violadas, cercenadas de sus almas. No ha habido niños. Dicen que son los primeros que matan porque no les sirven, porque lloran en los brazos de sus madres y sus madres no pueden callarlos. Yo siento cada relato como una espada que se me clava en el pecho y me arranca el alma. Cierro los ojos y trato de arrancarme el miedo del alma, pero no hay remedio. Que se lo quiten a uno todo, cuando no tiene nada no es posible. Lo que más nos vale es la vida, y la vida no es la que acaba con la muerte, es peor la muerte que acaba cuando no podemos decidir a dónde lo llevan a uno los pies y a dónde vuela el espíritu. Nuestros dioses no nos escuchan o siempre fueron sordos. Nuestros dioses, esos que nos enseñaron las madres eran sólo sus esperanzas y sus propios deseos. El verdadero dios está en la tierra, está en el agua, está en la planta y nosotros siempre los hemos querido dominar. ¿Cómo combatir cuando no tenemos armas? Si el ansia de poder es tanta que no nos permite ver al otro, entonces ya no hay salida. La vida no termina con la muerte, el ciclo se repite una y otra vez, porque nos pertenecemos todos. Esta que soy yo y que habla, pudo ya haber sido otra y será otra con mi muerte. Igual mis hijos, igual él, igual mi gente, ésta con la que crecí.

Tu hermano ya no llora, ya no llora más. Ya llegaron, están muy cerca, los han visto ya bajando de esas naves que parecen montañas que se mueven. Lo tomé entre mis brazos y le di el pecho, le di la leche mientras lo abrazaba con fuerza. Estaba muy débil por lo enfermo, y fue dulce sentir su cuerpo entre mis brazos, volver a fundirlo conmigo. Ven, mi niña, ven, alma de mi alma, espejo de mi propio ser en el que quisiera mirarme para siempre. Él no sabía del abrazo, pero tú sí. Tú sí, mi niña. No me mires con odio, no me mires con miedo, no me mires con esa claridad que te deja verlo todo. Yo no quiero, yo no quiero que te profanen, por eso te voy a guardar, por eso te voy a esconder.


[1] Galeano, Eduardo. Las venas abiertas de América Latina (Spanish Edition) (Posición en Kindle229-230). SIGLO XXI EDITORES, S. A. DE C. V.. Edición de Kindle.

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