Lola y la escalera

Lola despertó con la idea de ir al jardín para ver cómo avanzaba la resbaladilla y el huerto que estaban construyendo. Quería asegurarse de que todo estuviera en orden, tal y como ella lo había imaginado. Las escaleras estaban casi listas y no quería que las pusieran de forma que ya no la dejaran colgarse de la rama. Mamá y el bebé estaban dormidos todavía. Era la hora de la siesta después del desayuno y la casa estaba llena con todos los trabajadores. Antes de que llegaran, los tres: mamá, el bebé y ella habían estado en el jardín sembrando algunas semillas, preparándose para cuando el huerto estuviera listo. Ese día mamá no se había despertado en la madrugada, cuando todavía era muy de noche, para trabajar, así que había ido a su camita a dormir con ella mientras el bebé dormía en la cuna. Despertó abrazada al calor de su mamá, como le gustaba. El desayuno había estado riquísimo: avena con miel, manzanas y algunos arándanos. El bebé, que ya comía solito, había tirado avena por todos lados.

Sus hermanos y ella regresaban del campo de fut. Estaban de vacaciones así que todo el día lo tenían para ellos. Su mamá y su papá habían salido a trabajar juntos a la oficina. En casa estaban ella, sus hermanos, Yola y Horacio, que trabajaba en los clósets. Estaba muy ilusionada porque ya había empezado a instalar la casa de muñecas para que ella y su hermana pudieran jugar dentro de su cuarto. Años más tarde recordaría que jugar en la casita fue imposible y que sólo sirvió para decorar su cuarto, que tanto enorgulleció a su mamá. Horacio la instaló tan alto, empotrada en el clóset, que nunca les fue cómodo jugar en ella. De todos modos, no la necesitaron realmente. Lo divertido era hacer ellas sus propias casas para jugar; con las cajas de los casettes y una carpeta se hacían fabulosos sillones. Horacio era amigo de sus papás o algo así, porque les caía bien. Ya iban varias veces que se quedaban solos con él mientras su mamá salía. A ella también le caía bien y le gustaba jugar con su hija cuando la llevaba a trabajar con él. Se llamaba igual que esa actriz famosa: Salma.

En el jardín, cuando Lola y mamá sembraron después del desayuno, también el bebé quería salir. No lo dejaban porque la noche anterior había estado lloviendo y todo el pasto estaba mojado. Pero a mamá le dio tristeza que se quedara tras el cristal, ahí paradito nada más viéndolas y gritándoles porque él también tenía ganas de jugar con ellas, así que lo dejaron salir aunque hacía frío y se iba a mojar. Quedaron todos llenos de lodo, incluso saltaron en los charcos como Peppa, la puerquita de su programa favorito. Por eso se tuvieron que bañar en la mañana aunque casi siempre se bañan en la noche. El baño fue increíble porque ella y el bebé se metieron juntos a la tina y ella le enseñó como sacar agua con sus manitas. El bebé aprende muy rápido, así que pronto tenían una fiesta de agua los dos. Tras el baño, mamá vistió al bebé y les puso mucha crema en todo el cuerpo; a ella la peinó para que su precioso cabello rizado no se enredara como siempre. Luego, Lola sacó su ropa y se puso la camiseta y los calzones, pero como vio a su muñequita ahí muy abandonada, le dieron ganas de jugar y ya no se puso la demás ropa. Mamá le pidió que terminara de vestirse mientras ella dormía al bebé. Lola intentó acostarse con ellos para hacer la siesta, pero no se pudo dormir porque se acordó que tenía que ir a la recámara a ver si Chai, su gatita bizca, había encontrado la canica. ¡No se la fuera a comer!

Esta vez Horacio no llevó a Salma. Fue una lástima porque ella quería enseñarle su nuevo juego de té. Le comentó eso a su hermana y ella se enojó. Dijo que ya no le caía bien esa niña y que tampoco su papá le caía bien, quería que se fueran ya de su casa y que no regresaran. Ella no entendía por qué, pero así era su hermana siempre. Primero era muy linda y muy agradable y luego, nomás porque sí y como de la nada, dejaba de ser amistosa y se portaba de lo peor: no contestaba ni saludaba y hasta era grosera. Por eso su mamá se enojaba tanto con ella. Se lo dijo y entonces su hermana se enojó y se pelearon, pero esta vez no se pegaron, sólo se dijeron insultos. Su hermano, que vio todo, se quedó ahí parado mientras las dos niñas discutían. Luego, como siempre, optó por su hermana y se fue a jugar con ella. Carla subió a ver el clóset. Horacio estaba ahí escuchando música mientras lijaba y ponía pintura sobre la madera. Era guapo, de eso se acordaba bien porque sus tías lo decían mucho y a ella también se lo parecía. Y le caía bien. Siempre le hablaba de Dios porque a él Dios le importaba mucho. Su mamá decía que él y su familia eran “evangélicos” y que eso es creer en Dios de una forma muy dramática, no como ellos que eran “católicos” y se lo tomaban más a la ligera. Por eso Horacio hablaba todo el tiempo de Dios y hacía que Salma y su esposa también rezaran. Su esposa era muy linda y acababan de tener un bebé. Pero no les iba muy bien, Horacio, que era carpintero “como nuestro señor Jesucristo”, no ganaba mucho dinero aunque era muy bueno en lo que hacía. Eso decían sus papás, porque les gustaban mucho sus nuevas puertas de caoba. Vivían cerca de ellos, en un cuarto de renta a unas calles de ahí.

Mamá se quedó dormida junto al bebé. Eso le pasaba muy a menudo. Como le daba la leche para dormirlo, ella también quedaba un ratito inconsciente. En esos momentos Lola se sentía muy sola porque ya no tenía con quien jugar ni nadie que la acompañara. Pero ya se había acostumbrado. Antes, cuando vivían en la casa vieja se iba a algún cuarto y jugaba sola hasta que mamá se despertaba para ir a trabajar juntas. Como estaba muy alto ese departamento, no podía ir a ningún lado y era aburrido. Ahora, en la casa nueva, tenía más espacio para poder jugar y eso la emocionaba mucho. Podía ir al jardín y corretear a su nueva gatita o hacerle travesuras y ya no tenía que aburrirse o solo usar el iPad cuando mamá y el bebé estaban juntos. De pronto, se acordó de la escalera y se dio cuenta, porque se asomó por la ventana, de que los trabajadores ya habían avanzado muchísimo y le preocupó un montón que fueran a cortar o a dejar inútil su rama, así que bajó corriendo para decirles que tuvieran cuidado e indicarles exactamente lo que debían de hacer. Y en eso estaba, con sus botitas en el jardín, explicándoles que no debían entorpecer nada para que pudiera columpiarse a gusto, cuando mamá gritó desde arriba. Se oía muy preocupada y enojada, así que subió corriendo. Los gritos, el enojo y la agresión fueron tales que ni tiempo tuvo de explicarle que ella lo único que quería era decirles eso que era tan importante. Sólo atinó a llorar mucho, a gritar con desesperación porque mamá no entendía y no dejaba de repetir que no debía haber salido en calzones, que cómo se le ocurría, que ella ya le había dicho eso, que no estaban en la otra casa y que estaba loca por haber salido así con los trabajadores, que no era posible que la ignorara de ese modo. Mamá gritaba y gritaba y gritaba y entonces ella también empezó a gritar porque además la tomó de su manita y la jaloneó para llevarla a la recámara. Eso le dolió muchísimo y la asustó, así que empezó a gritar y a patalear. Y entonces, mamá se puso peor, porque le pegó, le dio una nalgada exigiéndole que se callara. Ella no podía creerlo. No, no era posible que mamá estuviera haciendo eso, que se hubiera transformado así, que se portara tan terriblemente. Se sintió agredida, enojada, pero sobre todo, desamparada. Mamá antes había tenido momentos de locura horribles, como aquel en el que aventó por la ventana su muñeca, pero nunca, nunca le había pegado y eso la hizo enojar, entristecerse, sentir un dolor inmenso. Lloró y gritó todavía más y mamá le dio una segunda nalgada y ella no paraba de llorar aunque mamá le exigiera que se callara. El bebé también lloraba, lo recuerda mucho.

Horacio le enseñó cómo iba la casita. Estaba instalando las escaleritas y el barandal y le dijo que podía subirse al andamio para ver mejor. La tomó de la cintura para subirla y le enseñó cómo iba todo. A ella le gustó. Arriba del andamio, Horacio la abrazó de sus hombros y le dijo que era muy bonita, que su pelo rubio estaba precioso. La ayudó a bajarse para que no se cayera, cargándola y apretándola un poquito. Olía a solvente y tenía las manos llenas de pegamento, que le raspaban los brazos. Entonces le dijo que si quería jugar un rato y ella le contestó emocionada que sí, que a qué iban a jugar y él le dijo que se volteara, que la iba a columpiar. Horacio enlazó sus brazos con los de ella mientras la empujaba por atrás y la levantaba un poco del piso. Al principio le pareció simpático ese juego como de ser una campana, pero luego comenzó a sentir una incomodidad muy extraña, porque él empujaba con demasiada fuerza por detrás, como si quisiera clavarle algo con su cuerpo. Su vestido se levantaba con el movimiento y las mangas empezaron a incomodarla, pero lo que más le incomodaba de todo era ese bulto detrás que Horacio le clavaba entre los hombros. Y entonces algo percibió, algo que no tenía demasiada forma y que no podía nombrar, pero que estaba mal, que era feo, que la hacía sentirse sucia, incómoda. Quería que Horacio parara, pero le daba pena decirle que la dejara, sentía que aquello era su culpa. Sólo atinó a decirle que quería ir a jugar con sus hermanos. Él insistió, le dijo que siguieran jugando, que sería divertido, pero Carla salió corriendo. Nunca más volvió a jugar con Horacio y tampoco se lo dijo a nadie hasta que creció y su hermana le contó que a ella también le había pasado algo, que no quiso confesarle, con Horacio.

Los gritos siguieron un rato, hasta que pudo controlarse poquito y dejó de llorar. Entonces, mamá llamó a la abuela y le explicó lo que había pasado. Le pidió que la consolara porque le había pegado. Ella escuchó que la abuela regañó a mamá. En el teléfono, no podía ni hablar: “me duele tanto mi corazón que el dolor no me deja hablar”. Pero la abuela la abrazó con su voz detrás del teléfono y le explicó que su mamá estaba asustada, que su mamá tuvo miedo de que al salir en calzones alguien le hiciera daño, que la perdonara, que no llorara y que fuera pronto a verla para que pudiera abrazarla mucho.

Lola despertó en la madrugada. Nadie más estaba en casa. Estaba solita y tuvo mucho miedo. Llamó a mamá pero nadie contestó, ni siquiera papá. Bajó al jardín a buscar a todos, llena de miedo porque estaba sola, y eso le asustaba muchísimo. En el jardín todo estaba a oscuras, pero escuchó a alguien llorando. Era una niña que estaba en la escalera, hasta arriba, estaba sola y también tenía miedo. Vestía un bonito vestido con holanes. Le preguntó su nombre y le dijo que se llamaba Carla y que tenía mucho miedo. Le pidió que bajara pero Carla no quería, decía que no quería, porque había sido su culpa, escondía su cara entre sus rodillas y no levantaba la cabeza. Entonces subió la escalera y cada vez que subía un escalón todo iba transformándose. El jardín desapareció y todo se puso más oscuro, pero ella siguió avanzando porque no quería estar sola. Carla no dejaba de llorar y ella quería que parara. Cuando llegó arriba, le dio la mano a Carla para que bajara con ella y ella por fin la miró. Su mirada le pareció muy conocida, le recordó a alguien muy querido y aunque estaba enojada con esos ojos, sostuvo su manita hasta que Carla le dio la suya. La reconoció, ella le tomó la mano y bajaron juntas. Entonces se encontró en los brazos de mamá que, ya sin enojo, pero ahora con un dolor muy parecido al suyo, le pedía que la perdonara, y trataba de explicarle que le daba mucho miedo que alguien le hiciera daño, que alguien la lastimara, pero que no era su culpa.

Abrazó a mamá y dejó que la grieta de su corazón se colmara de calor, del olor del abrazo y lloró, lloró mucho.

 

2 comentarios sobre “Lola y la escalera

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