Esperando el nacimiento de mi bebé… cuando tenga que ocurrir

¿De verdad somos tantas las mujeres que hemos necesitado cesáreas? ¿En serio perdimos la capacidad de tener hijos por nuestra cuenta?

 Al día de hoy tengo 40 semanas de embarazo. Estoy a la espera de mi segundo hijo y estas últimas semanas han sido las más complejas a nivel emocional para mí. Mi embarazo transcurrió con mucha paz después de los primeros tres meses en que me sentí verdaderamente enferma, mientras en mí se incubaba una transformación como pocas.

Tras aquello, todo siguió en orden, todo como y cuando debe ser, pero estas últimas semanas han resultado más complejas de lo que esperaba debido a que desde la semana 36, mi cuerpo empezó a prepararse para el parto -enviando señales conocidas como pródromos- para avisarnos que estamos casi listos para tener al bebé entre nosotros.

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No ha ocurrido. Un solo día no he dejado de tener contracciones. Sobre todo los viernes por la noche, cuando mi organismo decide iniciar una fiesta que no termina hasta la madrugada pero que por desgracia no concluye con mi hijo en brazos. A veces las contracciones son más fuertes, a veces sólo están ahí para recordarme que sigo a la espera. Hoy sigo pensando en todo lo que se necesita para lograr un nacimiento, en la forma en que las mujeres nos transformamos con la llegada de cada hijo y sigo pensando que es lo más valioso para mí y para el bebé lograr un parto según la naturaleza del propio parto.

Desde mi primera hija yo sabía que quería tener un parto psicoprofiláctico, que no es otra cosa que un parto natural pero con preparación de por medio, que incluye tanto preparación física como emocional para poder enfrentar sin la ayuda de la medicación, y otras técnicas artificiales, la llegada del bebé. Y más específicamente, quería un parto en agua.

La primera vez no ocurrió. Llegamos también a la semana 40 y también desde mucho antes empecé a experimentar los mismos síntomas que ahora aunque con menor intensidad. Al final, mi doctora nos comunicó que lo mejor para mí y para la bebita era tener una cesárea.

No haber tenido un parto fue doloroso para mí, fue terrible. Fue como si me hubieran quitado una oportunidad única, una experiencia que se me antoja a algo místico y con un significado tremendamente especial: el trabajo de parto me inspira mucho más que dolores, para mí es una preparación, incluso una prueba de la que sales victoriosa por el simple hecho de vivirla. Hoy sigo esperando esa oportunidad como una de las experiencias más anheladas para mí. Por eso me pregunto, ¿por qué tantas de nosotras hemos necesitado una cesárea?

¿De verdad la cesárea es el mejor modo de “parir”?

De acuerdo con la OMS, los profesionales de la salud consideran, desde 1985, que la tasa ideal de cesáreas debe oscilar entre el 10 y el 15%. La Norma Oficial Mexicana007-SSA2-2016 establece un límite máximo de 20% del total de los nacimientos. Sin embargo, en México, de acuerdo con reportes de la Secretaría de Salud, para 2016, nuestro país se encontraba en el cuarto lugar de incidencia, después de China, Brasil y EUA, en la recurrencia de cesáreas. Asimismo, 35% de los nacimientos en México, durante 2015, de acuerdo con el Subsistema Automatizado de Egresos Hospitalarios (SAEH, 2015) de la Dirección General de Información en Salud, Secretaría de Salud, representó nada más y nada menos que el 35.9%.

La respuesta más fácil, de acuerdo con lo que pude investigar, es que a mayor cantidad de información derivada del uso de tecnología más especializada para seguir el parto, la decisión de dar a luz mediante una cesárea es cada vez más común. Obviamente se reconoce que recurrir a la práctica puede contribuir a disminuir la mortalidad materna y perinatal -como fue el caso de mi bebé y mío-, pero ojo: “no están demostrados los beneficios del parto quirúrgico para la madre y el recién nacido cuando el diagnóstico es impreciso e injustificado”. ¿Qué quiere decir eso? Que finalmente una cesárea es un procedimiento quirúrgico que involucra riesgos, los mismos que tiene cualquier intervención, así que a menos de que esté plenamente justificada, no representa en forma alguna un beneficio. Incluso puede llegar a representar un riesgo mayor.

shutterstock_1141847045Contras de una cesárea innecesaria

El riesgo al que se somete a la madre y al bebé cuando no es necesaria una intervención quirúrgica es el mayor factor en contra de las cesáreas, ya lo dijimos. En segundo, este tipo de intervenciones genera costos adicionales para el Sistema Nacional de Salud o para el bolsillo del paciente -no es lo mismo un parto natural sin antestesia o con anestesia localizada que una intervención quirúrgica que además implica mayor tiempo de recuperación para el paciente-, dichos costos aumentan 5.4 veces la atención médica pública. Cada vez que se realiza una cesárea innecesaria se consumen recursos disponibles para otras necesidades mucho más apremiantes.

Realizar cesáreas protege a los médicos de ser acusados de “mala praxis”. La mayor parte de las demandas en contra de los médicos están vinculadas con algún problema para el recién nacido, no con la realización de una cesárea precoz. Sin embargo, la cesárea innecesaria debería ser considerada también como un ejemplo de error médico que además acarrea otros problemas para la praxis, como un tipo de incompetencia ginecobstétrica entre los profesionales. Es decir, entre más cesáreas, menos capacidad de los médicos para atender a una parturienta.

Para un médico con una amplia cantidad de pacientes, trabajar 8 o hasta 24 horas con una parturienta puede llegar a representar un alto costo, así que siempre será mejor poder anticiparse para no perder sus consultas, o cualquier otra cosa que necesite hacer, de ahí que una cesárea pueda llegar a representar un beneficio para el médico.

¿Quiénes son las mujeres que tienen mayor número de cesáreas?

De acuerdo con un reportaje presentado en 2017 por el New York Times, se trata de quienes tienen mayores recursos para pagar por la atención médica, derivado esto de la razón principal de su incidencia: a mayor información sobre el estado del bebé y de la madre, mayor “justificación” para decidir recurrir a una cesárea: mujeres mayores de 35 años, habitantes de zonas metropolitanas, con altos niveles educativos y con acceso a atención médica privada.

Prácticamente en nuestro país se piensa que una cesárea representa un menor riesgo, que es casi inocuo sacar a un bebé por cesárea que no hacerlo. Las razones que los médicos dan van desde cosas tan absurdas como que un pedazo de placenta pueda quedarse dentro del útero hasta el dolor y el riesgo al que se expone al bebé al nacer naturalmente.

Pero el problema va mucho más allá de la conveniencia para los médicos o la idea de beneficio que reciben las madres y padres. Actualmente se ve al parto, y al embarazo en general, como un padecimiento, se le tiene catalogado casi como si de una enfermedad se tratara, por lo que se hace todo lo necesario para masificar la atención médica del nacimiento.

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Aprender a vivir el dolor

 En plena espera ha comenzado la cuenta regresiva, esa donde todo el mundo comienza a preguntarme si ya nació el bebé, si no sería mejor que “me lo saquen”, si no estará sufriendo innecesariamente, si después de las 40 semanas no es peligrosísimo que siga ahí, etc., preguntas que vienen desde el interés muy sincero en nosotros y que agradezco profundamente.

La realidad es que vivimos en el desconociemiento sobre los procesos de alumbramiento “naturales”. Hemos llegado al punto en el que el mayor factor de decisión es el miedo, mucho más que la oportunidad de conectarnos con nosotros mismos a través del acto más natural del mundo: nacer.

Tenemos miedo al dolor, pensamos que es mucho mejor recibir un anestésico o estar lo menos posible en nuestro parto antes que sentir dolor pero, ¿de qué nos estamos perdiendo?

Yo no recuerdo que mi cesárea fuera menos dolorosa, a mí me dolió muchísimo cuando la anestesia dejó de funcionar pero en cambio, no sentí que ese dolor me llevara a algún lado. Me explico: para mí el dolor tiene una cualidad positiva inigualable, la oportunidad de hacerme sentir, de conectarme con lo que me da la posibilidad de una vida más plena, de atar mis sentidos y mi atención a la experiencia y a través de ésta poder evolucionar y aprender algo. Vivir ese dolor para conocer a un hijo me parece una meta inigualable.

Como dice Laura Gutman en La maternidad y el encuentro con la propia sombra: “Porque parir es pasar de un estadio a otro. Es un rompimiento espiritual. Y como todo rompimiento, duele. El parto no es una enfermedad para curar. Es el pasaje a otra dimensión.”

Mi hijo está bien. Por lo que hemos podido constatar durante los monitoreos, mi conclusión es que está tan bien -placenta con baja calcificación, irrigación adecuada de sangre en corazón, cordón y cerebro; peso y talla adecuados-, que no hay mayor razón para salir. Así que trataremos de darle el mayor tiempo posible antes de que se tenga que hacer una inducción del parto.

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