Cómo ser mamá sin sentir que me pierdo

Comencé este post el 10 de mayo de 2018. No sé si está concluído. Representa un punto de arranque con la idea del homeschooling como inspiración. 

Estoy en casa, en pijama a la 1 de la tarde, leyendo un libro sobre “aprendizaje supraescolar” y sintiéndome un poquito culpable por no estar con mi hija hoy, pero en tregua, esperando lo que viene. Ren, el nonacido que vive en mi vientre, revolotea para avisarme que está aquí festejándome a su modo: viviendo.

Hace casi 4 meses dejé mi último empleo en medio de una tormenta como pocas he levantado en mi vida. Una tomenta que me sacudió y me dejó tan exhausta que no me quedó otro remedio que hibernar los primeros meses de mi embarazo mientras el shock y la depresión pasaron. Mi hijo me ató con tanta fuerza a la tierra que gracias a eso pude volver a mí y hoy comienzo a recuperarme.

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Escribo para hacer un balance, escribo porque es mi modo de sobrevivir y de lidiar con lo que me rodea. Hoy vislumbro un futuro tan diferente al que imaginé hace unos meses que me sorprendo de lo mucho que la maternidad me ha transformado. No es sólo mi nuevo hijo el que se forma dentro mío, es una nueva persona, es una nueva madre incluso para Loló.

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Hace unos pocos años, cuando mi primera hija estaba por nacer, yo me imaginaba siendo una madre cuidadosa, una madre cercana y amorosa con su hija. Estaba fascinada por los cambios que ocurrían en mí, por haber logrado por fin algo que había anhelado desde muchísimo tiempo atrás en mi vida. Yo soy madre por elección, una elección personal total. Pero no imaginé la cantidad de cosas que implica ser madre, la cantidad de lecciones y cecimiento que eso trae desde el primer día de la concepción.

Cuando recibí a Loló, a pesar de haber planeado una maternidad entregada a mi hija, me lo negué de tajo. Ya desde antes incluso de haber nacido, quería ser la depositaria de su educación de manera integral; mi marido y yo contemplábamos el homeschooling como la vía para educar a nuestro bebé. Pero cuando ese momento llegó yo estaba inmersa en un trabajo que me apasionaba muchísimo, una carrera distinta se abrió para mí: encontré un lugar lleno de cosas interesantísimas para desarrollarme y no quería apartarme de ahí; tanto que aún desde casa, por recomendación del doctor, seguí trabajando hasta el día de mi cesárea y regresé a la oficina antes de que mi bebita cumpliera 2 meses.

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¿Dónde quedaron mis sueños de estar solo para mi maternidad y mi hija? Los hice a un lado, contraté una niñera que cuidó de ella el primer año de su vida; me las ingenié para “salir temprano” y estar con mi bebé, le di un plan de actividades a la niñera para que siguiera con ella aunque tuviera un par de meses de vida; viví durante un año con el sacaleches conectado a los senos mientras contestaba correos y otras cosas. Mi forma de suplirme fue llevarla a cursos de estimulación temprana, comprar libros de desarrollo infantil y aplicar cada cosa nueva que leía, desvelarme sacándome la leche o haciendo leche de almendras y papillas 100% naturales cuando comenzó a dejar de depender enteramente de mi leche. Pasando “tiempo de calidad” con ella aunque fuera poco. En resumen: me autoconvencí de que el sentimiento de culpa que no he dejado de sentir hasta ahora era algo que todas las mamás debíamos vivir, pero que no había nada más importante que ser una mamá realizada para mi hija, porque esa era la mejor lección que podía darle, la mejor forma de educarla: siendo feliz yo. No me equivoqué, sólo coloqué la planta antes de llegar a la profundidad necesaria para sembrarla.

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Y ahora que puedo hacer un balance, puedo decir que la verdad no fui tan feliz como esperaba, claro que pasé momentos increíbles; pero esa felicidad, esa autorrealización que imaginé que me traería la maternidad no fue exactamente lo que yo buscaba. Para serles muy sincera, lo confieso: me estresaba pensar en pasar tiempo con mi hija. Por una parte lo necesitaba de una forma profunda e instintiva, pero por la otra, deseaba entretenerla rápido o que se durmiera para volver a encerrarme en mi mundo: leer, ver una serie o terminar el trabajo que había dejado pendiente en la oficina.  No quiere decir que haya sido así todo el tiempo o que me haya perdido a mi hija, no, quiere decir que hoy entiendo que esa entrega total que yo quería tener con ella no ha ocurrido hasta hoy y que por fin puedo aceptarlo y verlo “sin hacerme guaje”.

Durante su primer año seguí abarrotándome de trabajo, cada vez más. Tener un marido tan increíble como el mío me facilitó las cosas, él ha sido un padre totalmente cercano con su pequeña niña, a tal grado que hoy tienen una enviadiable conexión.

Pero un día me di cuenta de que estaba agotada, de que no podía más y, sobre todo, me sentí tan profundamente decepcionada de mi trabajo -porque no encontré ahí lo que esperaba, ese propósito más allá del día a día- que decidí renunciar para estar con mi hija. Quería desesperadamente volver a ella, recuperar el tiempo perdido, ser su mamá y luego ser todo lo demás.

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La gran sorpresa vino cuando en menos de un mes de haber dejado aquel trabajo yo ya tenía un nuevo proyecto en puerta. Nuevamente me engañé diciendo que mi compromiso sería a distancia, como freelance, nunca como empleado. Aquel proyecto, la paga y la oportunidad de poder hacer por fin las cosas a mi manera me entusiasmaron tanto que terminé igual de dedicada o más que antes, pero autoengañándome de nuevo. Esta vez, mi hija ya no tuvo una niñera o una guardería de medio tiempo, esta vez, aunque mamá trabajaba desde casa 3 días a la semana, ella poco a poco empezó a cumplir el horario completo de atención que podían darle: de 7 de la mañana -8 en nuestro caso- a 7 de la noche. ¡Más de 10 horas sin mamá!!!

Y el ciclo volvió a repetirse: un día, después de casi 2 años de trabajo, me di cuenta que mi jefe no valoraba mi trabajo tan personalmente como yo valoraba su proyecto; que de la noche a la mañana podían cambiar sus intereses porque así son los negocios y que podía hacerme a un lado según fuera conveniente. Entonces el vacío regresó, esa falta de propósito me atacó de nuevo, volví a extrañar a mi hija, ser madre, y decidí replantearlo todo.

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Después de hablar ocn mi jefe, decepcionarme y entrar de nuevo en crisis, tomé vacaciones. Seguí gestionando el proyecto que yo incubé, vi nacer, desarrollarse y rendir frutos pero ahora desde casa. Ese proyecto se transformó en mi hijo. Mi hija dejó de ir tiempo completo a la guardería, nos cambiamos de casa y hasta empecé a tener un huerto. Funcionó los primeros meses. Logré quitarme cosas de encima para poder recuperar algo de mi libertad. Pero al final, como siempre, terminé encarando al 100% el proyecto, casi como si siguiera al frente, pero ahora desde la comodidad de mi casa.

Luego de algunos meses, de nuevo volví a tener responsabilidades que no eran mías, a asumir trabajo que no me correspondía tratando de llenar una falta profunda de propósito vital. La realidad era que a esas alturas, el dinero que alguna vez me sedujo tanto, dejó de serme tan satisfactorio como antes. Sin darme cuenta empecé a gastar y gastar y gastar más de la cuenta. Mi marido no miente cuando dice que cada semana llegaba un paquete a casa. Es verdad, a veces hasta 2 o 3 veces por semana. Las compras a distancia se convirtieron en el placebo que aminoraba mi estrés. Yo gastaba mi dinero sin propósito, lo desperdiciaba en cosas inútiles que ni yo ni mi familia necesitábamos realmente.

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A principios de este año, después de meses de frustración, enojos e ira contenida, todo se vino abajo. Pero también algo maravilloso comenzó a gestarse: mi hijo. Un nuevo bebé; fruto de una decisión nada sencilla, fruto de una enorme ilusión y de las ganas de entregarme de lleno a la maternidad desde lo más profundo de mí. Así que de pronto, ya no pude resistir más, quise huir desesperadamente del trabajo para dedicarme a visualizar lo que quería para mí, para tener más tiempo para vivir mi embarazo y hacer una pausa. Esta vez la ruptura me costó mucho, fue más difícil de lo que esperaba porque ante la nueva negativa y reticencia de mi jefe para entender que necesitaba mi espacio, mi explosión fue determinante. Al final, mi hijo ganó, mi deseo de acabar y cerrar de una vez por todas fue decisivo.

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Acepté darme tiempo para no hacer nada y poco a poco -no sin algo de angustia y sufrimiento-, todo comienza a aclararse. Vi en el fondo de mis ruinas la verdad: me he estado negando la maternidad una y otra vez, me he estado ocultando en mi necesidad de reconocimiento profesional y por eso nunca me he sentido verdaderamente dueña de un propósito; por eso, a pesar de que dijera que me encantaba mi profesión, el dinero y la satisfacción y la adrenalina, en el fondo siempre anhelé algo más profundo, algo más honesto.

Y hoy, aún sin tomar una decisión concreta, comienzo a darme cuenta de que si hay algo que anhelo y amo por sobre todas las cosas es volver a conectarme con mi familia, con mi hija y con el nuevo bebé. Darnos la oportunidad de decidir nosotros solitos, respetándonos y amándonos mucho, qué es lo que queremos, hacia dónde debemos ir.

Hoy he descubierto que si hay algo que amo de mi hija es su libertad, es su capacidad para ser ella misma frente a lo que sea y quiero que siga intacto. Quiero aprender de ella a ser sin miedo…

4 comentarios sobre “Cómo ser mamá sin sentir que me pierdo

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