Un huerto urbano para mí

¡Muero de caloooooor!

Nunca como este año había estado tan preocupada por lo que pueda pasar y por el futuro de mi familia. ¿Por qué? Porque no sólo se trata de la incomodidad del calor. Mi instinto está alerta todo el tiempo ante una catástrofe, ante algo que pueda acabar de tajo con la forma en que vivo y también con la seguridad de mi familia, porque cuando los recursos sean escasos -aceptémoslo-, se tratará de sobrevivir y ante la idea de sobrevivir, no habrá ley que impere.

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Tratando de hacer algo y también cumpliendo un sueño que he tenido desde hace un montón, en febrero de este año inicié por fin con mi huerto, hoy ya tengo algunas plantas creciendo, he comido mi primera ensalada: algunos ejotes, unos chícharos, algo de lechuga y cada vez amplío un poco más el número de macetas y maceteros para poder seguir sembrando. Papa, chícharo, maíz, ejote, betabel, chile, jitomates, brócoli, arúgula, coliflor y más…

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La realidad es que el trabajo es agotador y la cantidad de recursos que requiere es algo que se debe considerar al menos al inicio de todo el montaje. En mi caso, todo inició con el compostero y las lombrices. Hoy ya son una comunidad sostenida que se encarga de procesar casi en su totalidad la basura orgánica que producimos. Eso fue muy sencillo y no requiere un esfuerzo mayúsculo. Lo más importante es saber elegir bien los residuos que se le darán a las lombrices y después saber hacer la mezcla adecuada para obtener el mejor compost (luego hablaré de eso).

La tarea más titánica de todas ha sido traer tierra y adecuar los espacios para sembrar. En promedio, hemos subido, 17 pisos, alrededor de 600 kilos de tierra, unos 15 bultos de 40 kilos cada uno. ¡Nada fácil! ¡Y ni hablar de lo cara que es la tierra! En este sentido, definitivamente el lugar más barato para conseguirla han sido los viveros de Xochimilco -que para mí últimamente es como mi “almacén de prestigio” favorito.

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Al principio sólo pensé en macetas para el huerto, hoy cuento también con 2 pequeñas mesas de cultivo y varias macetas de distintos tamaños para árboles y otras plantas. La cantidad de macetas pequeñas que he ido a adoptando crece más y más cada día.

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Los nuevos retos

Soy una persona empírica, no me gusta el aprendizaje teórico y aunque reviso frecuentemente contenidos sobre agricultura ecológica –mi favorito es Cosas del Jardín-, la verdad es que me gusta aprender sobre la marcha. Hasta ahora mi mayor reto fue lograr que las plantas germinaran, en principio porque lo hice al interior de mi casa y Lula y la luz fueron el mayor problema. Hoy casi puedo decir que domino la germinación -me llevó casi 2 meses hacerlo.

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El segundo gran reto han sido las plagas. Si bien debo reconocer que no he tenido problemas demasiado terribles porque mi huerto está en una azotea, tratar de mantener todo “orgánico” ha servido para no tener que gastar mucho con el tema de la manutención de las plantas, pero la verdad es que los remedios caseros no son tan rápidos y efectivos. Lo interesante acá es buscar cuál es la mejor solución para cada problema.

Hoy, mi siguiente paso es crear un sistema de riego que me permita ahorrar agua a la vez que me haga el trabajo más sencillo e inteligente. Para esto he pensado que lo más adecuado es generar una serie de “techos” que, aunque no deberán ocupar la mayor parte del espacio abierto de mi azotea, sí deberán ubicarse lo más estratégicamente posible para dejar pasar la luz a la vez que sirvan para captar agua.

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La automatización es otra cosa que espero no sea tan complicada como parece. Lo bueno es que descubrí que hay talleres sobre huertos electrónicos en la Ciudad de México y mi siguiente paso será tomar uno.

La clave: hacer un esfuerzo por utilizar recursos a mi alcance y tratar de hacer la mayor parte posible por mi cuenta. Y, obviamente, saber aceptar cuando no puedo con todo… ¡y contratar los servicios adecuados!

La satisfacción

Sí, es una maravilla tener un huerto propio. Yo crecí en una zona rural y parte de la información genética que me heredó mi familia incluye un amor fervorosísimo por las plantas. Recuerdo las casas de mis abuelas como lugares llenos de verdor y de frescura, de flores y botones. Y hablo literalmente de lugares invadidos, de paredes llenas de hojas al interior y al exterior ¡Cómo olvidar las sopas de hojas y frutos que hacía cuando era niña! -y los regaños de mi abuela Elena cuando veía todas sus flores “mochas”-. Mi familia cosechó sus propios alimentos, así que no puedo tener más interiorizado el binomio hogar – agricultura, por más humilde que sea la planta.

No concibo la vida sin el verde de una plantita. Y para ser honesta, desconfío de cualquier persona que no sepa apreciar ese tipo de vida pequeña y poderosa. Por eso, no es que quiera que mi hija lo herede, sé que lo hará al verme a mí, pero sí quiero compartir con ella esa satisfacción que da comerte un par de rábanos cosechados por ti y ser testigo de lo increíble que es ver brotar una semilla hasta convertirse en algo comestible.

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Mi primera ensalada: sólo las alcachofas no son de mi huerto. 

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