Frida Kahlo y la estética millenial

Esta no es la primera vez que escribo sobre Frida, pero últimamente he pensado en esta relación amor odio que guardo con ella y me di cuenta de que a está arraigada en mí, que me ayuda a entender mi propia evolución y aficiones porque Frida ayuda a transitar por el dolor y el hastío, porque leerla a través de sus diarios, cartas y hasta sus cuadros, nos ayuda a comprender que incluso con el cuerpo mutilado, se puede ser chingón. Dicho de otro modo: hasta para tener lástima de uno mismo hay que saber hacerlo.

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Autorretrato con traje de terciopleo, Frida Kahlo

Cuando era adolescente era una fánatica total de Frida Kahlo -lo he repetido hasta el cansancio-, todos mis amigos me decían que era muy extraña por gustarme esa mujer -y claro- a mí me encantaba sentirme así. Eso fue hace más de 20 años, cuando ser extraño no era tan cool como lo es hoy. Hoy ya no soy fan de Frida Kahlo, hoy a Frida la tengo más entrañada.

Este mes se conmemoran de forma especial la vida y obra de la pintora, porque nació un 6 de julio (190) y murió un 13 de julio (1954). Pero desde hace algunos años, la fiebre de Frida es insuperable. Desde niñas disfrazadas hasta ella en tazas, playeras, caricaturas, cuadernos, películas y un largo etcétera.

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Lo particular del asunto es que Frida ha llegado incluso a superar su propia obra. Lo que llama la atención de la pintora, el verdadero icono, no son sus pinturas, su arte, sino ella misma. Se ve más a Frida que a sus cuadros, su estética personal es lo que logra inspirarnos y se ha convertido en un fetiche popular.

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Pero, ¿por qué es tan amada Frida últimamente? Hablando por mí, aprendiendo de mis propios gustos y fetiches, puedo decir que es precismente lo atípico de su indumentaria, lo folcklórico de su imagen lo que logra capturarnos. Cuando decimos que nos gusta Frida admiramos su valor para usar las cejas al natural cuando todas las mujeres de su época las usaban delgaditas y afiladas y querían verse tan acicaladas como María Félix. Hoy la ceja tipo Frida es un must.

María Félix

Frida encanta porque es original, algo que hoy en día nos esforzamos por ser y que rara vez logramos. Los valores de nuestro tiempo son muy similares a los de la pintora -o al menos eso pretendemos-, por eso su obra ha dejado de ser relevante para nosotros. ¡Vamos!, sin ser muy críticos y muy experimentados, entendemos que la naturaleza de sus cuadros, por sí misma, no alcanza para encumbrarla.  Y no, no son sus pinturas lo que nos encanta, es su casa, es su indumentaria llena de color -de abigarrado mexicanismo-; porque Frida, en medio de un tiempo mexicano que aspiraba a ser europeo, se atrevió a utilizar todo eso que enriquece nuestra cultura y que le da color. Esa es, para mí, la obra más importante de Frida.

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Frida, vista en los términos de sus valores hacia lo femenino, hacia lo mexicano y hacia todo eso que en su época era mal visto o incomprendido, es lo que realmente se adelantó a su tiempo, por eso Frida es hoy un ícono de la estética y los valores millenial. Vivimos, como ella, hurgando en nuestro propio ser, tomándonos selfies para reconocernos, para presumirle al mundo lo que somos. La obra de Frida, podríamos decir, es un collage de Instagram, toda ella es un fenómeno de nuestros días: sus pinturas son espejos de su realidad, algo que no alcanza a expresar nada concreto, nada pero que se ve bien, que luce, que llama la atención, algo que se consume rápido y cuya perdurabilidad no es importante.

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El surrealismo de Frida, el mensaje y la complejidad de sus cuadros representan pasajes de su vida, formas de extrapolar sus sentimientos, es ella vista al infinito, ella en su amor por Diego, ella en el dolor de su accidente… Frida se explora a sí misma y en esa exploración logra encontrar un lazo con el mundo que la abarca y retratarlo siempre a través de sí misma o con ella como protagonista. La técnica que emplea, las formas, no son lo importante, lo importante es mostrarle al mundo que cada uno es rector de su propio destino, que nosotros hacemos nuestra obra y que es la mente la que verdaderamente gobierna al ser, aunque el cuerpo esté quebrado.

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